domingo, 30 de agosto de 2009

¿POR QUÉ NOS AGOTAMOS EN VACACIONES?

Mi admirado Eduard Punset ha escrito hoy en su blog:

¿Por que nos agotamos en vacaciones?

por Eduard Punset

¿En qué hemos cambiado después de tanto viaje, sol y alboroto? Está a punto de terminar el verano. Una hija mía acaba de llamar desde Birmania pidiéndome que le transmita a una hija suya de 11 años –ella está ahora, por ruletas veraniegas, en Boston, EE.UU.– que no la puede llamar porque en aquel país no hay móviles. Cuando encuentre un centro de Internet le enviará un mensaje.

Otra nieta mía de siete años está encantada descubriendo la costa del Atlántico y sus antepasados franceses. Con toda su familia, ha desembarcado en casa de mi atareada hija mayor, que nació en París y sigue viviendo en Francia. Si siempre dio la impresión de estar abrumada, ahora está literalmente desbordada.

La amiga de una amiga mía acaba de regresar de vacaciones en Málaga con sus tres hijos y el marido. Habían concertado las vacaciones junto con otra pareja, también con tres hijos:

«Qué contenta estoy, no puedes imaginártelo, de haber vuelto. Como mi casa no hay nada», le dijo.

«No me digas que los niños tampoco lo han pasado bien», le inquirió su amiga.

«Los niños no se han aburrido ni un minuto; son ellos los que disfrutan las vacaciones».

La primera conclusión, cuando se intenta analizar lo que le pasa por dentro a la gente cuando se va de vacaciones en verano, es que sólo los niños lo pasan realmente bien. Ellos todavía son curiosos y se distraen buscando el humor, el reconocimiento y el amor del resto del mundo.

alexia

Los adultos siguen con su estrés, al que no tienen más remedio que añadir el ruido de otros núcleos humanos. Su gran alegría consiste en redescubrir su hogar. Habían olvidado lo bonita que es su vivienda, lo simpático que es su barrio y la suerte que tienen con las tiendas de al lado de casa.

Hay un segundo grupo, bien diferenciado, que no toma vacaciones en agosto. Son los jóvenes que viven en lugares frecuentados por los turistas, como la costa. En agosto es cuando trabajan de canguros, camareros y en centros de entretenimiento; pueden amasar unos ahorros que les permitirán ir de vacaciones en septiembre, arreglar la moto o matricularse en un curso extraordinario.

¿En qué consiste la mayor amenaza del mes de vacaciones? La costumbre inveterada que tiene la gente de hablar, que se acrecienta en verano. Me di cuenta de ello, hace muy pocos años, al cerrar la puerta de la clase al terminar mi lección sobre Innovación y Tecnología en el Instituto Químico de Sarriá, en la Universidad Ramón Llull de Barcelona. Al salir de allí, los cincuenta alumnos seguían dentro, alborozados por la libertad recuperada, minutos antes de que entrara el siguiente profesor con su discurso preparado.

«¿Qué les has contado, Eduard? –me pregunté a mí mismo–. ¿Lo que necesitaban para desarrollar lo que llevaban de más valioso dentro de ellos mismos o, por el contrario, lo que tú ya sabías y querías decir? ¿Lo que a ellos les hacía falta para potenciar su vocación o habilidad innata o lo que a ti te gusta o has aprendido a predicar?»

Hay que asegurarse de que en los estantes más visibles de la vida se ha reservado un lugar preferente para los silencios. No se puede predicar todo el rato. Si hablas demasiado no te vas a enterar de lo que busca el otro, ni vas a poder prefigurar lo que le haría falta para avivar sus rasgos innatos. De vez en cuando resultará preciso cobijarse en el silencio envolvente e inhibirse del resto. Nadie cae en la importancia de los silencios. Y mucho menos en verano.

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JGA

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Dr. Ciencias Ambientales y Biólogo